De la corrupción o quiénes somos, de dónde venimos adónde vamos.

por Ramón Canle

“Estamos que lo tiramos, oiga”. Así deben verse a sí mismos en la Fiscalía Anticorrupción; a puntito de montar el tenderete a la puerta de los diferentes juzgados que encausan delitos de corrupción y ofrecer a viva voz el género a precios regalados, oferta dos por uno y sostén de regalo incluidos. Pero ¿deberíamos sorprendernos?

A pesar de lo mucho que nos indignamos todos, desde la señora Dosinda en la cola de la carnicería al tertuliano más mediático, la verdad es que a cualquiera de nosotros le gustaría tener más dinero. Mucho dinero. Sinceramente: ¿quién no firmaría con sangre una de esas Visa sin límite de gasto y libres de cargos? Desde que el mundo es mundo, – y sobre todo con la que está cayendo -, todos queremos más. Más ovejas, más trigo, más tierras, más oro, más todo. Somos así, al menos desde que nuestros antepasados decidieron buscar la forma de ahorrase el coñazo de tener que salir a cazar y recolectar todos los días.  El problema parece estar, entonces, en el cómo, en el a costa de qué o de quién pretendes lograr la tranquilidad que parece aportar el tener pasta como para empapelar el Bernabéu.

En relación con esto, decía hace unos días Jiménez Villarejo, ex fiscal anticorrupción, que habría que tipificar el delito de enriquecimiento ilícito de cargos públicos. Supongo que existirá todo un corpus explicativo del término legal “tipificar” que a mí se me escapa, – doctores tiene la Santa Madre Iglesia -, pero me parece que “ilícito” significa no permitido legalmente, o sea, que por propia definición ya es punible, ya es delito. Estamos incluyendo lo definido en la definición, compañero ¿Y por qué sólo de cargos públicos? ¿Quiere decir que si eres un particular puedes chanchullar a discreción? Voy a seguir hurgando en la llaga: ¿podemos definir como ilícito algo que viene apoyado por disposiciones legales en forma de ayudas, subvenciones y rescates que no establecen los medios adecuados de evaluación y control?

¿No es, por tanto, tan culpable el que actúa como el que consciente?

Y es que en esta sociedad (no, no voy a caer en la trampa fácil de decir “en este país” porque en eso no estamos solos) parece que enriquecerse nunca es ilícito. Por lo menos desde un enfoque cultural. Decía Ortega y Gasset que la convivencia y la aceptación común de usos, lengua, derecho y poderes configuran una sociedad. Pues debe ser cierto porque a base de que los últimos, los poderes, hayan venido favoreciendo el enriquecimiento potencial de los más cercanos, para mí que hemos acabado por aceptar el fenómeno, efectivamente, como uso y costumbre, aunque esperemos que no como derecho.  No, no, no me malinterpretéis, no estoy diciendo que el tráfico de influencias sea propio de nuestra cultura y, por tanto, justificable. Digo que hace la tira que consideramos normal que quien tiene poder para hacerlo favorezca, – o al menos no perjudique -, a aquéllos que comparten su forma de entender el mundo, máxime cuando el apoyo es recíproco. Hoy te coloco al sobrino en la empresa, mañana tú me consigues un Mercedes usado a buen precio. Natural. Cadena de favores.

Así, sucesivos gobiernos han dedicado una importantísima parte de los recursos públicos (otro día hablaremos del uso y abuso de tan incomprendido término) a mantener, cuando no garantizar o anticipar, el nivel de beneficios del empresario enarbolando la bandera de la competitividad temerosos de que el electrocardiograma de la economía, que es la bolsa,  indicase un soplo, una arritmia o algo aún peor. Si una empresa reparte menos beneficios baja en la bolsa. Alarma. Si una empresa deja de dar beneficios por completo, reduce plantilla. Alarma. Y así podíamos seguir como tres o cuatro folios más, que podemos resumir en que si a la señora presidenta del Banco Jeando le pica el sobaco aquí todo el mundo se rasca. Es decir, quién tiene más dinero debe seguir teniéndolo para poder mantener el chiringuito funcionando, que no estamos aquí para inventar la pólvora, oiga. Así se las ponían a Fernando VII pero tú luego me cubres, que no he llegado yo adónde he llegado regalando las cosas. Visto así es como para pensar que la proposición “enriquecimiento lícito” es prácticamente un oxímoron. Y sin embargo no, – cándido que es uno -, estoy convencido de que puede existir un enriquecimiento  honesto.

Me explico: desde que al hombre del neolítico le dio por pasar de la organización en clanes a la sociedad tribal y se le ocurrió cambiar una vaca por dos carros de trigo, el ser humano ha hecho negocios siempre que ha tenido ocasión. Por tanto, no vamos a pensar que los negocios son negativos per se. Lo siento, Sr. Marx, pero no. Siempre que haya una demanda que satisfacer habrá alguien dispuesto a hacerlo a cambio de un beneficio, llámese Forjados del Ampurdán o Unión de Repúblicas Bananeras Confederadas. Quid pro quo. El caso es que cuando son muchos los que ofrecen y pocos los que demandan, la cosa se complica. Es entonces cuando el que lo hace mejor se lleva el gato al agua. Aquí es donde entra lo de la competitividad, que significa hacerlo mejor, no necesaria o exclusivamente más barato. Si se nos da por ofrecer vacas cuando todo el mundo necesita trigo o todo el mundo vende vacas, por mucho que le racionemos el pasto a las pobres bestias no vamos a conseguir que nos las compren. Si tú dar vaca a mí y yo no tener interés en vaca, yo no comprar por muy barato que tú vender. Y así nos va por no entenderlo.

En ese momento de la película llega la caballería neoliberal (o como quieran llamarle, que a mí se me han terminado los adjetivos y en el estanco ya no los trabajan), poniendo el saco de dinero a la vista (público, insisto) para que los empresarios fallidos se lancen a por él como posesos, esgrimiendo los resultados del último ejercicio en su mano izquierda y una botella de Vega Sicilia en la derecha. Podríamos pensar, – muchos lo hacemos -,  mire usted, caballero, si vender cepillos para las uñas no es negocio, por mucha subvención que le conceda, por mucho ERE y mucha contención salarial que le autorice, la cosa ni funciona ahora ni va a funcionar después. Si yo no le digo a usted qué negocio tiene que montar tampoco tengo por qué sostenérselo ahora que ha descubierto que es inviable.

Sin embargo, lo que está sucediendo es como la Fábula de las Abejas pero contada al revés: los vicios públicos llevan a la prosperidad privada.  En cuanto el estado planea potenciar un determinado sector o apoyar a determinado colectivo y otorga una serie de ayudas económicas para ello, aparece como por arte de ensalmo un tropel de gente cuyo negocio es, única y exclusivamente, hacerse con ese dinerillo caído del cielo. Negocios fantasmas, que duran lo que dura la ayuda a la contratación de tal sector de población, a la formación en tal habilidad, a la adquisición de tales equipos… Me temo que estamos leyendo mal el cuento, insisto.

Había un señor en Inglaterra allá por los años 30 del pasado siglo, un tal John Maynard Keynes, que recomendaba la intervención del estado en la economía con el fin de restablecer el equilibrio, favorecer el consumo y la inversión, y asegurar el pleno empleo el cual, a su vez, garantizaría el consumo y con él la supervivencia del sistema (grosso modo, pero muy, muy grosso). Justifica y defiende la intervención pública en la economía para buscar el bienestar general, el equilibrio del sistema y su sostenibilidad. Estoy bastante de acuerdo con las revisiones neokeynesianas a su Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero pero me da que lo que estamos viendo ahora es otra cosa. Esto es comparar el todo con la suma de las partes, es usar un objetivo macro dónde tendrían que haber usado un gran angular, no percatarse de que la economía es un sistema y un sistema muy complejo, además. No somos ni liberales ni intervencionistas y el único indicador que venimos considerando hasta ahora es la prima de riesgo. Parece como si interesara más colocar deuda pública que generar empleo y riqueza a corto plazo. Es justo y necesario, lo sé; el dinero para poder implementar políticas de activación económica tiene que salir de alguna parte y no está el horno para bollos rellenos de incremento de la fiscalidad. Sin embargo, algo debe estar fallando cuando el grueso de la población no ve en su día a día los reflejos de tales maniobras macroeconómicas y la riqueza se concentra cada vez más en cada vez menos porcentaje de población, dilatando hasta lo inimaginable las diferencias de poder adquisitivo entre unos y otros y aniquilando el consumo, la inversión y la investigación. No se si estamos haciendo caja pero la verdad es que en el bote no se nota.

Hasta aquí me he permitido contar mi visión de los hechos pero la cuestión que me preocupa es que, más allá de las políticas económicas, –  o quizás como consecuencia a largo plazo de éstas –, el trinque se ha consolidado en nuestra cultura como el fútbol los domingos. O más.

Máximas como “tienes que ganar tu primer millón antes de los 30”, la proliferación desmesurada de loterías y tocomochos, de programas concurso y realities a cual más esperpéntico, o la pasión por “hacerse un plató” a costa de contar (o de mentir) sobre el primo de un vecino de una  cuñada de una camarera que sirvió un café al famoso o famosa de turno, son sólo algunos signos visibles de que queremos nuestra parte del pastel, lo queremos ya y a cualquier precio. Por eso  nos aferramos al “quien hizo la ley, hizo la trampa” y cruzamos sonrisillas de complicidad con los allegados, convencidos de que todo lo que sea ganar (o sisar) dinero es bueno, sube el PIB y todos contentos aunque tengamos que meter en el mismo saco al esforzado granjero, al proxeneta y al gran hermano de turno. Dónde hay pasta, hay alegría. Y olé. En caso de que te pillen el trile siempre te queda el recurso a la redención pública; eso sí, sin dejar apercibir atisbo alguno de acto de contrición ni propósito de la enmienda. Hasta ahí podíamos llegar. Perdonadme porque, al fin y al cabo, seguro que vosotros habríais hecho lo mismo, la primera piedra y tal.

Un indicador para mí muy sintomático es el sistema educativo. Se han retirado del currículo obligatorio las asignaturas de filosofía y ética en Secundaria, establecemos a golpe de decreto una educación ultrafuncionalista, católica, apostólica y romana…

¿Consecuencia de una nueva forma de entender la sociedad, de una nueva rebelión de las masas, o semilla de tempestades todavía peores? ¿Huevo o gallina?

Evidentemente, hay cosas de las que es mejor no hacerse responsable, imagínate que a los niñatos estos les encanta la filosofía y les da por poner nuestras ideas en tela de juicio; no hija, no.

Nos estamos equivocando, señores. La ética condiciona las normas de convivencia tácitas en las que toda sociedad, toda cultura, basa su existencia y su supervivencia. No es que estén cambiando los valores, como esgrimen algunos, es que se destruyen para ser sustituidos por otros que vienen impuestos por los diferentes polos de poder y que anteponen el beneficio individual e inmediato. El resultado es una devastadora espiral de aculturación.

Para evitarlo necesitamos volver a poner en valor la ética en nuestra sociedad. Empecemos a ser autocríticos, a entender la sociedad de hoy como la siembra de la de las próximas décadas, dejemos de desdeñar la moral como algo antiguo, arbitrario, relativo e impuesto. Enseñemos a nuestros hijos el valor de lo colectivo no sólo en el plano del presente sino también desde el punto de vista de la historia, de la que todos somos,  – de la que ellos serán también algún día -, responsables. Eduquemos para conseguir una sociedad de personas consecuentes con sus decisiones y motivadas por el logro, tanto individual como general, sin que éste se identifique necesariamente con el dinero, la fama o el poder; personas que encuentren su felicidad siendo, no frustradas por el no ser o, sobre todo,  por el no poder tener. Trabajemos para que busquen el progreso, para que cuestionen y se cuestionen, para que acepten el cambio y procuren la mejora en sus vidas y en la sociedad. Pero nunca a cualquier precio.

Quizás si Kipling hubiese escrito hoy su célebre “Carta de un padre a su hijo” le hubiera dado otro matiz. La verdad, me gustaría pensar que no.


Referencias:

http://bauldelcoronel.blogspot.com.es/2013/01/carta-de-un-padre-su-hijo-con-permiso.html

 


 

 

 

Autor: Ramón Canle

Ramón Canle ha venido desempeñando, a lo largo de más de 25 años, diversas funciones directivas en relación con la logística, las operaciones y la organización, tanto en el sector industrial como en el de servicios.

Con formación pedagógica, social y empresarial, actualmente centra su actividad en el campo del Desarrollo Organizacional desde una óptica preeminentemente operativa, a través de la cual la organización se percibe como un sistema compuesto por subsistemas de personas y procesos que interactúan entre sí.

Además, Ramón es colaborador habitual de diferentes publicaciones y blogs.

Perfil público:  http://es.linkedin.com/in/ramoncanle/

 

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