Reapertura de Relaciones entre Cuba y EUA: ¿Quién le ganó a quién?

por Lucas Pavez

 

Probablemente, la reapertura de relaciones entre Cuba y Estados Unidos de Norteamérica, sea una de las noticias más importantes de este 2014 por su alta connotación simbólica. Y hay diferentes e incluso contrapuestas, interpretaciones de cómo valorar este hito. ¿Es una victoria cubana frente al imperialismo estadounidense, tras décadas de resistencia? ¿Es un cambio de estrategia de EUA para cooptar a Cuba y hacer implosionarlo como sucedió con  la URSS? ¿Es una acción con miras a quitarle a Venezuela su aliado estratégico? Estas interrogantes son algunas de las que han surgido e intentan asimilar este hecho a uno u otro bando.

            En primera instancia, hay que comprender que el sistema internacional actual, parece estar en transición, de una hegemonía unipolar de EUA -desde 1991, con el fin de la Guerra Fría- a una situación multipolar. Aunque aún es muy pronto para aventurarse a determinar con certeza, que iniciativas como el BRICS, efectivamente traerán un relacionamiento de nuevo tipo en las relaciones internacionales. Pero tras la política exterior imperial del neoconservadurismo de Bush (un rotundo fracaso), Obama ha demostrado tener una política exterior, cuando menos, errática, sin estrategia y sin base ideológica. En tal situación, acciones como la iniciativa de cerrar Guantánamo o el retiro de tropas de Iraq –que al no tener un planteamiento a mediano y largo plazo, permitió, en parte, dar cabida al crecimiento a los jihadistas del Estado Islámico-, parecen tener un tinte más populista, que coherente con una política racional, ya que chocan con otras acciones, como el sostener la permanencia de tropas en Afganistán, el derrocamiento de Gadafi en Libia o el no frenar las masacres de Israel, a palestinos. Dándose pasos entre el liderazgo pacífico y un unilateralismo agresivo. Por lo mismo, ¿cómo interpretar la reapertura de relaciones con Cuba?

            Hay que pensar esta relación dialógicamente, y no sólo desde EUA. Esa Cuba autárquica y aislada del mundo, una Corea del Norte en América, hace tiempo que dejó de existir. Por décadas lo fue, pero en razón que los países de América, fuertemente hegemonizados por EUA, y con democracias recientes, no se atrevían a acercarse a la isla “bastión de un comunismo inviable ya sin la URSS”. Pero el siglo XXI trajo consigo fuertes aires integracionistas en América Latina, y de la mano del fuerte liderazgo de Hugo Chávez, Cuba volvió a ser parte de los (germinales) procesos de empoderamiento autónomo de la región. Con el discurso del Socialismo del Siglo XXI, que fueron fraguando Venezuela y Cuba, esta última tomó nuevos bríos, ya que el comercio “solidario y fraternal”, de petróleo a cambio de la –necesaria- asistencia “ejército de batas blancas”, benefició enormemente a la isla. Junto a ello, el cambio de gobernante en 2008, de Fidel a Raúl Castro, significó también, un natural cambio en el planteamiento de Cuba respecto del sistema internacional y sus actores. De esa forma, Cuba se hizo miembro del ALBA, de la CELAC, donde, en un hecho paradigmático, el gobierno derechista de Piñera, en Chile, le cedió a Castro, la presidencia pro-témpore del organismo, hecho de sirve para sopesar el grado de integración y éxito de Cuba en la región. E incluso, participa activamente en el proceso de negociación entre las FARC y el Estado de Colombia; por lo que paradójicamente, ha contribuido más al advenimiento de la paz en dicho país, que todos los planes de militarización que EUA instala en Colombia.

            En tal escenario continental, en cierta forma, EUA se fue quedando progresivamente solo –ni siquiera la OEA le es funcional como instrumento para apelar al multilateralismo, ya que desde la llegada de Insulza, dicho organismo posee cada vez más autonomía, al nivel que, a inicios del 2014 frente al golpismo neoliberal dentro de Venezuela, el Secretario General apoyó decididamente al gobierno democrático de Maduro. Únicamente con su hard power como herramienta para promover sus intereses en América, ya que los procesos de integración socaban constantemente la naturalización de la hegemonía norteamericana en América del Sur –aunque en el Caribe y Centroamérica sea mucho más complejo, por la cercanía geográfica y lo pequeño de dichos países, aunque Petrocaribe y el ALBA tibiamente también cuestionan a EUA.

            Sumado a ello, se debe considerar que, lo poco que ha existido de EUA como política exterior hacia América Latina, con Obama, también ha sido nebuloso. Sólo mencionando este 2014, el caso argentino de los Fondos Buitres, no tuvo acogida solidaria en la Casa Blanca; y en frente a la crisis interna de principio de año en Venezuela, siempre EUA estuvo en contra del gobierno chavista, sin embargo, tampoco utilizó su maquinaria económica para contribuir acentuar la crisis e impulsar un derrocamiento gubernamental, de hecho, recién en diciembre con las sanciones a Venezuela (muy tibias por lo demás, y que no apuntan a la estructura), salió del mero discurso. ¿El motivo? Probablemente, porque además de lo dubitativo de Obama, sea porque sabe que no está EUA en condiciones de aplicar la fuerza en América del Sur, sin que le sea contraproducente en cierta medida. Ya no está en condiciones de actuar sin consecuencias, al menos, diplomáticas.

            En tal contexto, la reapertura de relaciones con Cuba, puede ser una –de muchas- acciones de carácter populista, pero sin una línea conductora. La idea de Obama de ser un presidente que quede en la historia, por cerrar Guantánamo, o ahora, por reestablecer actividades con Cuba. Aunque claro, tal explicación de “por quedar en la historia”, es similar al endosar una acción en razón del “poder por el poder”. Explicaciones que, a ratos, son un círculo vicioso y no apuntan de fondo a un razonamiento –no por ello, se la puede desechar como explicación. Más allá de eso, difícilmente podría vislumbrarse que esta acción es un cambio de estrategia en la política exterior de EUA –he enfatizado en que hay una ausencia de estrategia de hecho-, hacia la noción de una superpotencia benévola, ya madura, y que tiene intenciones de remediar errores del pasado.

            Por otro lado, la idea de que esta acción es parte de un plan para aislar a Venezuela, ya que a la par de la reapertura, se dan las sanciones al país caribeño, no parece ser del todo coherente. Más allá de las sanciones, que como ya se indicó, no son de una magnitud como las que Chávez tuvo que soportar en 2002, Venezuela nunca ha dejado de ser un importante proveedor de petróleo para EUA, de hecho, hasta 2013 cuando China lo supera, era EUA el primer comprador del petróleo venezolano. Por lo que la interpretación de que ahora Cuba se integrará al sistema capitalista plenamente, mientras Venezuela se hunde en un socialismo retrógrado, de manera aislada, carece de todo sentido. Venezuela siempre ha estado integrada al sistema, la diferencia la ha tenido en la capacidad de acción tendiente al bienestar de su población y la integración regional, de imponer agenda y conseguir aliados estratégicos (como China y Rusia en el mundo y Ecuador, Bolivia y Cuba en la región). La reapertura no implica que Maduro corte relaciones con Cuba, o que Castro lo haga con Venezuela. Ninguno de los dos países cambiará en el mediano plazo, su estructura, por la reapertura de relaciones con EUA. Nada indica que ello sucederá.

Aunque en aquel análisis, cabría preguntarse si no podría pasarle a Cuba, lo mismo que a la URSS, una implosión en medida que más estrecha se hacía la relación con EUA. Efectivamente, considero, esa puede ser la estrategia a largo plazo a la que apunta EUA al reabrirse hacia la isla, a que, una vez los hermanos Castro dejen el poder (considerando que Raúl tiene 83 años), el siguiente gobernante se vea incapaz de frenar el avance neoliberal en Cuba. Frente a tal panorama, sólo queda la expectación de quién sea el escogido como nuevo presidente en unos cuántos años más, y cuál sea su capacidad de gestión, y planteamiento estratégico para la isla. Pero en dicha reflexión de si EUA está apostando a esta planificación, hay que considerar la otra parte, como se indicó antes, reflexionar dialógicamente. Los Castro saben que lo que puede implicar la reapertura de relaciones con EUA, pero también saben cuánto pesa sobre sus hombros el bloqueo impuesto en 1962. Por lo mismo, este paso puede ser interpretado como un movimiento cubano para poder reinventar al país, aun sabiendo las posibles consecuencias, consideran que bajo la idea de costo-beneficio, el cese del bloque sería un beneficio más grande que el costo que ello pueda tener, o que al menos, es un riesgo que sopesado en la balanza, vale la pena enfrentar. No olvidar que ya a inicios de año hubo una leve apertura para la compra de autos, entre otros productos. Está claro que esto puede significar una amenaza, pero un gobierno que en más de medio siglo se ha sabido adaptar a las más diversas vicisitudes en el escenario internacional -incluso como la caída del coloso soviético- aun estando vigente y con el apoyo de su población, merece ser tomado en serio a la hora del por qué emprende las acciones que toma, ya que durante medio siglo, ha sabido tener una política exterior más coherente de la que Obama ha tenido durante sus dos mandatos.

            Quien quiera concatenar más hechos, e incluir la baja en el precio del petróleo desde EUA y su aliado Arabia Saudita, para golpear a Rusia y Venezuela, no deja de tener razón. Pero allí cabe preguntarse si, por un lado, será sostenible esta baja del petróleo por mucho tiempo –el suficiente para golpear a Venezuela, el primer productor mundial de petróleo, y Rusia, una economía que parece tener la capacidad para enfrentar esto y mucho más, por cómo se ha desempeñado históricamente frente a las crisis globales-, y por otro, si es tan secuencial la idea de que si se baja el petróleo, cae Venezuela, y si cae Venezuela, cae Cuba; por lo pronto tendría reticencia a dar por sentada tal lógica, considerando que, por un lado, Cuba vivió más de cuatro décadas sin asistencia venezolana, y por otro, que nada parece indicar que la reapertura signifique que Cuba desechará a su aliado estratégico, lo cual sería, a lo menos, extraño, para la política exterior cubana que no se caracteriza por abandonar aliados.

            Sin embargo, no por esto, hay que pensar que Cuba ha vencido al imperialismo tampoco. Cabe recordar que levantar el bloqueo no depende sólo de Obama, sino también del congreso, el cual tiene al mandatario en minoría en cuanto a apoyo, tras las últimas elecciones. El levantar el bloqueo sí podría llegar a considerarse una victoria, pero también implicaría una mayor responsabilidad, como ya se indicó páginas atrás.

            En conclusión, sería un error valorar este restablecimiento de relaciones como algo blanco o negro. Más bien es un hito gris. Es un hito que debe ser llenado de contenido para ser cómo se lo puede valorar. Y siempre considerando que, antes que como algo bueno o malo, se lo debe considerar en relación a los intereses de cada una de las partes. Para EUA, la reapertura significaría una victoria real para sus intereses, únicamente si le contribuye a hacer caer el chavismo en Venezuela, y/o si significase la debacle del régimen de los Castro. En cambio, para Cuba, la reapertura podría significar una reactivación de su economía –si la logra sostener por sobre todo, en su estructura planificada estatalmente-, un acercamiento social entre exiliados y sus familiares, y una victoria para la política exterior cubana en su actual énfasis de integración continental.


Autor: Lucas Pavez R.

Maestrando en Relaciones Internacionales, UNLP. Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales. Licenciado en Historia mención Ciencias Políticas.

Contacto: lucas.pluks@gmail.com

Blog: http://surgeopoliticaycontingencia.blogspot.com.ar


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