El concepto de lo político. Análisis crítico sobre la obra de Schmitt, C.

 

por José Javier Capera Figueroa

 

Los estudios realizados sobre  la concepción de lo político en la obra de  Carl Schmitt, resulta ser asimilado como una construcción en donde se halla inmerso  prácticas, discursos, acciones, y momentos determinados de la historia, para así dar a conocer la importancia de la doctrina nacionalista en la constitución de los ejércitos nacionales y como estos fueron pieza central en el fortalecimiento  de los  Estados- Modernos.

Frecuentemente, las críticas que reciben el Estado colombiano sobre la vulneración de los derechos humanos,  la sistematización de altos niveles de corrupción, consumo y asesinatos que se refleja en las actividades de organizaciones no gubernamentales, grupos de iteres y acciones colectivas par así comprender por qué no y por qué sí de la razón del Estado.

Schmitt  pone de manifiesto  la difícil tarea de conceptualizar lo político y es paradójico encontrarlo públicamente  definido; se encuentra asimilado desde la percepción negativas  en contraposición con otros conceptos diversos. Los cuales logran ser objetos de  compresión para la asociación del territorio como espacio político, cultural y económicos, el cual contiene diversas relaciones societales, en donde se pone en discusión la apropiación y uso de los recursos naturales.

Debido a ello, los territorios suelen ser conocidos como aquel conjunto de construcciones sociales, que están incorporadas en diferentes épocas. En el caso, del periodo histórico  en Colombia (1910-1930) en donde el indio Manuel Quintín Lame  se haya sometidos a procesos de violación y no reconocimiento de sus derechos, de esta manera, la condición de ser  indígena significaba vivir dentro de una población con un desarraigo cultural, un abandono poblacional y un fuerte debilitamiento como pueblo indígena.

De la misma manera, en se reconoce  las condiciones estructurales, constitucionales  adversas para los indígenas, en materia de protección de sus tierras y aceptación de su condición humana. Es decir, que para los inicios del siglo xx sucesos vitales resulto ser el ejercicio de la resistencia que dejo la antesala para así facilitar ciertos escenarios de construcción de lo público y debate sobre la territorialidad colombiana.

Por tal motivo, la luchas contra el terraje liderado por Manuel Quintín Lame, cuyo legado tuvo amplia aceptación en el organizativo, y como esto desde el uso estratégico de las instituciones del Estado Colombiano, y es así que el poder constituido que se asemeja al placer o al dolor. Donde para bien o para mal ya ha sido embarque  construido sobre el apoyo inmanente donde se articule las  líneas y programas para fortalecer sus acciones en materia postconflicto.

Las ideas de Quintín Lame fueron retomadas por el movimiento indígena de los años setenta bajo la consigna de “autonomía, tierra y cultura”. Este movimiento aprovechó las leyes de reforma agraria que abrían oportunidades políticas a los grupos indígenas y se encargó de revivir la institución del resguardo desplazando a los líderes patrocinados por terratenientes o entrando en conflicto con la iglesia católica y sus prácticas de aculturación.

Suele equipararse de un modo u otro con lo «estatal», o al menos se lo suele referir al Estado. Con ello el Estado se muestra como algo Político, pero a su vez lo político se muestra como algo estatal, y éste es un círculo vicioso que obviamente no puede satisfacer a nadie (Schmitt, 2001)

Si se aspira a obtener una determinación del concepto de lo político, la única vía consiste en proceder a constatar y a poner de manifiesto cuáles son las categorías específicamente políticas. Pues lo político tiene sus propios criterios, y éstos operan de una manera muy peculiar en relación con los diversos dominios más o menos independientes del pensar y el hacer humanos, en particular por referencia a lo moral, lo estético y lo económico. Lo político tiene que hallarse en una serie de distinciones propias últimas a las cuales pueda reconducirse todo cuanto sea acción política en un sentido específico. (Schmitt, 2001)

Construir el concepto a partir de opuestos, bueno  y malo, amigo y enemigo tiene sus limitaciones.   Sin embargo, también en estos casos el concepto de lo político se sigue construyendo a partir de una oposición antagónica dentro del Estado, aunque eso sí, relativizada por la mera existencia de la unidad política del Estado que encierra en sí todas las demás oposiciones. Y finalmente llegan a producirse también formas ulteriores de «política», aún más debilitadas, degradadas hasta extremos parasitarios y caricaturescos, en las cuales de la agrupación original según el criterio de amigo y enemigo no queda más que un momento de antagonismo cualquiera, que se expresa en tácticas y prácticas de todo género, en formas diversas de competencia e intriga, y que acaba calificando de «políticos» los más extravagantes negocios y manipulaciones. (Schmitt, 2001)

La definición de lo político que damos aquí no es belicista o militarista, ni imperialista ni pacifista. Tampoco pretende establecer como «ideal social» la guerra victoriosa ni el éxito de una revolución, pues la guerra y la revolución no son nada «social» ni «ideal». La lucha militar no es en sí misma la «prosecución de la política con otros medios», como acostumbra a citarse de modo incorrecto la frase de Clausewitz, sino que, como tal, la guerra, posee sus propias reglas, sus puntos de vista estratégicos, tácticos y de otros tipos, y todos ellos presuponen que está dada previamente la decisión política sobre quién  es el enemigo. (Schmitt, 2001)

Lo político está,  en una conducta determinada en la clara comprensión de la propia situación y de su manera de estar determinada por ello, así como en el cometido de distinguir correctamente entre amigos y enemigos. Una comunidad religiosa que haga la guerra como tal, bien contra miembros de otras comunidades religiosas, bien en general, es, más allá de una comunidad religiosa, también una unidad política. Sería también una magnitud política con sólo que ejerciese de un modo meramente negativo alguna influencia sobre ese proceso decisivo, si estuviese por ejemplo en condiciones de evitar guerras por medio de la correspondiente prohibición a sus seguidores, esto es, si poseyese la autoridad necesaria para negar efectivamente la condición de enemigo de un determinado adversario. (Schmitt, 2001)

Lo político puede extraer su fuerza de los ámbitos más diversos de la vida humana, de antagonismos religiosos, económicos, morales, etc. Por sí mismo lo político no acota un campo propio de la realidad, sino sólo un cierto grado de intensidad de la asociación de hombres. Sus motivos pueden ser de naturaleza religiosa, nacional (en sentido étnico o cultural), económica, etc., y tener como consecuencia en cada momento y época uniones y separaciones diferentes.

La agrupación real en amigos y enemigos es en el plano de ser algo tan fuerte y decisivo que, en el momento en que una oposición no política produce una agrupación de esa índole, pasan a segundo plano los anteriores criterios «puramente» religiosos, «puramente» económicos o «puramente» culturales, y dicha agrupación queda sometida a las condiciones y consecuencias totalmente nuevas y peculiares de una situación convertida en política, con frecuencia harto inconsecuentes e «irracionales» desde la óptica desde aquel punto de partida «puramente» religioso, «puramente» económico o fundado en cualquier otra «pureza (Schmitt, 2001)

Si los antagonismos económicos, culturales o religiosos llegan a poseer tanta fuerza que determinan por sí mismos la decisión en el caso límite, quiere decir ellos son la nueva sustancia de la unidad política. Y si carecen de la fuerza necesaria para evitar una guerra acordada en contra de sus propios intereses y principios, eso significa que no han alcanzado todavía el punto decisivo de lo político. (Schmitt, 2001)

El hecho de que el Estado sea una unidad, y que sea justamente la que marca la pauta, reposa sobre su carácter político. Una teoría pluralista es, o la teoría de un Estado que alcanza su unidad en virtud de un federalismo de asociaciones sociales, o bien simplemente una teoría de la disolución o refutación del Estado. Si discute su unidad y pretende equipararlo en esencia, en calidad de «asociación política», a otras asociaciones de tipo religioso, económico, etc., tendrá que dar una respuesta al problema del contenido específico de lo político. Sin embargo en ninguno de los cuatro libros de Laski se encuentra una definición clara de lo político aunque no se deje de hablar una y otra vez de Estado, política, soberanía y gouverment (Schmitt, 2001)

Sólo la ignorancia o inadvertencia de la esencia de lo político hace posible esa concepción pluralista de una «asociación» política junto a las de tipo religioso, cultural, económico y demás, incluso en competencia con ellas. Es cierto que del concepto de lo político, como mostraremos más adelante, derivan consecuencias pluralistas, pero no en el sentido de que dentro de una misma unidad política, y en lugar de la distinción decisiva entre amigos y enemigos, pueda darse un pluralismo que, al acabar con la unidad, destruiría también lo político. (Schmitt, 2001)

El Estado en su condición de unidad política determinante, concentra en sí una competencia aterradora: la posibilidad de declarar la guerra, y en consecuencia de disponer abiertamente de la vida de las personas. Pues el ius belli implica tal capacidad de disposición: significa la doble posibilidad de requerir por un aparte de los miembros del propio pueblo de la disponibilidad para matar y ser muertos, y por la otra de matar a las personas que se encuentran del lado del enemigo. Sin embargo, la aportación de un Estado normal consiste sobre todo en producir dentro del Estado y su territorio una pacificación completa, esto es, en procurar la «paz, seguridad y orden» y crear así la situación normal que constituye el presupuesto necesario para que las normas jurídicas puedan tener vigencia en general, ya que toda norma presupone una situación normal y ninguna norma puede tener vigencia en una situación totalmente anómala por referencia a ella. (Schmitt, 2001)

En definitivas, Sería una torpeza creer que un pueblo sin defensa no tiene más que amigos, y un cálculo escandaloso suponer que la falta de resistencia va a conmover al enemigo. Nadie creería posible que el mundo entre en un estado de moralidad pura por renuncia a toda productividad estética o económica, por poner un ejemplo; pues bien, aún es mucho menos imaginable que un pueblo, por renunciar a toda decisión política, pueda llevar a la humanidad a una estado puramente moral o puramente económico. Porque un pueblo haya perdido la fuerza o la voluntad de sostenerse en la esfera de lo político no va a desaparecer lo político del mundo. Lo único que desaparecerá en ese caso es un pueblo débil.


Bibliografía:

  • El concepto de lo político, trad. R. Agapito, Alianza, Madrid. 1998

 


 

 

Autor: José Javier Capera Figueroa

Estudiante de la Universidad del Tolima (Colombia) adscrito al programa de Ciencia Política. Pertenece a los grupos de estudio de la conferencia episcopal Colombiana. Actualmente desarrolla líneas teóricas sobre temas de Ciudadanía, Desarrollo Sustentable y Literatura Política. Igualmente, integra el grupo de Estudio “Diatribas Contemporáneas” y el Semillero de investigación “Territorio Ambiente y Desarrollo” ambos residen en la Universidad del Tolima.

Correo electrónico: Caperafigueroa@gmail.com


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