FUTBOL VS FULBO

 

por Noelia Fernández Di Santi 

 

De abril a diciembre, cada año la provincia de Tucumán, en Argentina alberga la pasión más auténtica por los colores que se llevan en la sangre.

 “Y no dice nada, no se escucha nada, le cerramos el culo a todas las hinchadas”, suena de fondo mientras uno camina al interior del estadio. A lo largo del pasillo imaginario que se hace entre la tribuna y el alambrado varias motos se estacionan. El sonido se hace más ensordecedor a medida que uno se acerca a la tribuna. Los cánticos son entonados por un  grupo de doscientos jóvenes, que en promedio no pasan los veinte años. Saltan acomparsados,  como un corazón que bombea sangre.  Esas  voces roncas de tanto gritar y ásperas por el fernet que circula en la ronda suenan en Villa Alem.

En uno de los cuadrantes de la barriada de la zona sur de la ciudad se emplaza el club Tucumán Central, nacido, a la sombra de los trenes. Porque al fin y al cabo donde hubo trenes hubo ingleses y de su mano llegó la redonda.  Los tucumanos que fueron niños por aquellos años, fueron criados bajo el abrigo del futbol, o del “fúlbo”. Bien a lo criollo. Así, como el galopante sonido del ferrocarril sobre las vías, golpean el bombo los jóvenes. Los barras. Porque al fin y al cabo son eso.

Son las cuatro de la tarde y el otoño en Tucumán es especial. Los más audaces se animan a la manga corta, los cobardes abrigan los brazos con una campera de “alita i’mosca” como se dice por aquí en el norte. El sol, dispone al corazón y  al paladar a engalanarse con las masas siesteras hechas de merengue y una especie de hojaldre barato. O porque no, a deleitarse pelando mandarinas al sol, aunque todavía no es época.

 La terna arbitral sale a la cancha  enfundada en un parpadeante y enceguecedor amarillo. Es el inicio. Se inaugura la Liga Tucumana 2014. Tucumán Central, el rojo de Villa Alem recibe a Unión Aconquija, el equipo de Yerba Buena -una de las zonas residenciales de la capital-  que mezcla pobres y ricos, católicos y judíos detrás de un solo objetivo: la redonda, la caprichosa.

Mientras tanto, en una de las tres tribunas, quizás la más bonita, se mezclan camisetas de todos los clubes. Los nuestros y los de afuera. San Martín, Atlético y hasta el mismo Barcelona.  Como todo en esta vida el fenómeno tiene un porqué. La indumentaria no se vende al por mayor en las grandes firmas deportivas.  Es de macho salir a la calle con la camiseta del club de sus amores. Nunca se sabe si en el barrio puede vivir alguno de  la contra y Dios no quiera que ataque ferozmente a los colores. En la Liga no se juega por los autos de lujo, ni por la plata. Sólo se juega por el honor: del barrio, de la ciudad, por la pasión de los pueblos del interior. Desde el más grande, hasta el más chico.

Las otras dos tribunas están vacías.  La central, con estructuras de hierro a medio hacer, y un techo que quedó trunco y al descubierto refleja el progreso que algún día se estancó. La del frente, blanca, inmaculada, simplemente vacía,  habla a las claras de que mucha gente dejó de ir a la cancha, al fútbol de barrio, el de verdadera pasión y  sentimiento; en parte  desde que la primera categoría se mudó a la caja boba nacional, en parte por los antecedentes violentos del balonpié tucumano.

Entre la multitud hay un chico. Si los cálculos no fallan debe estar estrenando la mayoría de edad. No supera los ochenta kilos ni  tampoco el metro setenta. Tiene zapatillas de cuero. Bermudas rotas justo a la mitad del muslo, desde donde se asoma la orilla de su escandaloso bóxer. El pelo ondulado, ni muy corto ni muy largo,  a la medida justa. La barba está escondida detrás de una piel aún joven y sin imperfecciones. Lampiños los brazos, las piernas escasamente peludas. Escuálido. Él alienta agarrado de una tela tensada con los colores del club: rojo y azul. Prende la bengala que tiñe todas las gradas blancas de rojo y obliga a los presentes a esconder la boca en sus escotes para evitar intoxicarse con el humo. Le roba los palillos del redoblante a su camarada en un desborde repentino, en un asalto a la emoción, y golpea el bombo, con furia, cuando el arco se ve movilizado por el gol del rival. Él putea, como buen fanático, y en ese insulto no tiene nada que envidiarle al Tano Pasman.   Él se ríe, toma del vaso de fernet comunitario que circula y que se recarga con la frecuencia con la que pasa el ómnibus.

En el campo de juego, que más que césped parece un potrero,   veintidós hombres corren detrás de una pelota.  Veintitrés  si se cuenta al árbitro.  Entre esos hombres surgen los más variados sentimientos. Desde orgullo por jugar en la primera, hasta la preocupación por un trabajo que quedó pendiente. Sí, eso último. Porque en la liga se juega y se trabaja. Se entrena a tiempo y contratiempo. Esas manos ajadas, ennegrecidas no son fruto del entrenamiento, sino producto de levantar paredes, de cortar troncos, césped, de hornear pan de madrugada. Nadie es amo ni señor, quizás, el más privilegiado sea un oficinista.  Pero en la liga, así como en la vida se trabaja al día. Ni siquiera son hombres, son “changuitos”, que como los de la tribuna no superan los veinticinco  años, treinta como mucho.

Suena el silbato para bajar el telón a la obra teatral inaugural. Los barras beben el último sorbo de fernet del improvisado vaso de botella cortada y quemada en los bordes para que no lastime. En el campo de juego los protagonistas se dan la mano entre rivales, con desgano y  por obligación. Más  allá de todo lo que pase fuera del campo de juego, adentro son rivales. Los equipos se meten en el túnel y lo que sucede adentro para a ser un misterio desde ese instante y para toda la eternidad. Pues la charla de vestuario es secreta, como el secreto de confesión de los curas. Desde el búnker del equipo ganador se escuchan aplausos, la música de “Nene Malo” a todo lo que da. Desde el local, el perdedor, un silencio sepulcral tiñe la onda sonora. Tres policías ingresan hasta el círculo central con escudos y cachiporras. Esa misma fuerza de seguridad que en diciembre de 2013 liberó la ciudad para que sea zaqueada, es la que cuida del fútbol. La que protege a los árbitros para que no salgan lastimados, porque pase lo que pase, para la hinchada la culpa siempre será de ellos. Los colaboradores del club rescatan las pelotas perdidas, no se puede regalar ninguna. No hay  presupuesto para comprar más. El campo de juego finalmente queda vacío, como si nada hubiera pasado.

La tribuna se apaga lentamente: se van las pocas familias, se retiran los niños bajando con dificultad por las gradas sin protección. Los barras desatan las telas, guardan los bombos, hacen silencio, descienden de la tribuna con todos los atavíos alegóricos. Se suben a las motos estacionadas detrás del alambrado. Las arrancan y se retiran con la cabeza baja porque han perdido el duelo inicial.

 


 

 

Autor: Noelia Fernández Di Santi 

Nacida en Tucumán (Argentina) en 1991. Es Periodista Deportiva egresada de Deportea Tucumán y Técnica en Medios Audiovisuales egresada de la Universidad Nacional de Tucumán. Escribe para la web y realiza producciones para la radio y la televisión local. 

Mail: noefernandez_12@hotmail.com
Facebook: Noe Fernández
Twitter: @noefernandez91

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