NO ME OLVIDES

 

por Ana Giustra

“Dicen que la historia se repite, pero lo cierto es que sus lecciones no se aprovechan” (Camille Sèe)

 

Entre los años 1915 y 1923, aprovechando el ya de por sí terrible escenario de la primera guerra mundial,   se llevó adelante el primer genocidio del siglo XX: la masacre del pueblo armenio.

Debemos remontarnos un poco atrás en el tiempo, más precisamente a la segunda mitad del siglo XIX, para encontrar en cierta forma, el origen de esta política de terror y descubrir la antesala de lo que aún estaba por llegar. Para ésa época, el sultán Abdul Hamid II, con el fin de evitar la creación de un Estado Armenio en la frontera ruso-turca, tenía como propósito aniquilar a la población armenia, que vivía hasta entonces sin conflictos relevantes, a pesar de las diferencias étnicas y religiosas que tenían con sus vecinos, y a pesar también de tener menores derechos que la mayoría de la población musulmana, justamente por ser cristianos. Anhelando una “turquificaciòn” total del Imperio, este monarca bien ganado tenía su apodo de “el sultán rojo”, por lo violento y sanguinario. Perpetró una matanza que se cobró la vida de más de 300.000 armenios, sentando así  las bases del horror y comenzando a gestar el futuro genocidio. El gobierno de  “Los jóvenes turcos”, quienes lo depusieron en 1908, rebelándose contra su tiranía, forzaron su abdicación y se presentaron como una alternativa reformadora, propiciando un parlamento con participación de todas las minorías del Imperio; pero en realidad, su gobierno, conocido oficialmente como “Comité de Unión y Progreso”, no fue  más que la continuación de la semilla del mal que ya se había sembrado. Llevaron a cabo un terrible proyecto de aniquilación. Se erigieron ante la historia como los autores del holocausto armenio.

Como dijimos al comienzo, la primera guerra mundial fue la oportunidad de poner en práctica este siniestro plan, ideado, premeditado y ejecutado con el único fin de erradicar a los armenios de la faz del Imperio otomano. Persiguiendo ese objetivo, llegó entonces la hora de la gran masacre, “la solución final” para el pueblo armenio.

Durante la medianoche del 23 de abril de 1915, comenzó el secuestro de diversas personalidades de la cultura armenia. Más de 200 políticos, intelectuales, poetas y religiosos fueron detenidos,  asesinados o deportados de Estambul. Asimismo, y siempre con el fin de aniquilar al pueblo, su identidad y su huella, se destruyeron numerosos bienes pertenecientes a su rico patrimonio: templos, tesoros arquitectónicos y artísticos, manuscritos, todos ellos testigos invaluables de tan antigua civilización, fueron destrozados en una suerte de “genocidio cultural”.

No dejar rastros de la existencia de este pueblo milenario, resultó cuanto menos difícil, y ya veremos más adelante, imposible, pero en el intento por llevar a cabo tamaña locura, se apeló a las formas más aberrantes y crueles que la mente humana puede imaginar. Debía exterminarse hasta el último vestigio de armenidad, las órdenes debían ser cumplidas “sin titubeos y haciendo caso omiso a la conciencia”, según rezaba un telegrama enviado por Mehmed Talaat, ministro del interior y miembro de los “jóvenes turcos”. Con el fin de aniquilarlos, miles de armenios fueron obligados  a marchar en “las marchas de la muerte”, arrastrados de sus hogares y lanzados al desierto de Siria, sin comida ni agua, donde lógicamente, perecían sin más. Se trataba, en su gran mayoría, de mujeres, niños y ancianos, ya que todos los hombres menores de 45 años, capaces de sostener un fusil, fueron reclutados y alistados en el ejército, asistiendo impotentes al desmembramiento de sus familias y en muchos casos, resignándose a perder a sus mujeres e hijas, esclavizadas a manos de los turcos. Queriendo ahogar en el silencio las huellas de miles de voces, se les prohibió comunicarse en armenio, tanto en forma oral como escrita, y se suprimió la enseñanza de ese idioma en las escuelas.

Henry Morgenthau, embajador de Estados Unidos en el  Imperio Otomano durante esta época,  relató:

“Estoy seguro que la historia completa de la raza humana no contiene tales horribles episodios como este. Las grandes matanzas del pasado parecen insignificantes cuando se comparan con los sufrimientos de la raza armenia en 1915

Más de un millón y medio de armenios fueron víctimas de la barbarie. Casi la totalidad del territorio de Armenia, fue ilegítimamente apoderado y esa usurpación continúa hasta hoy. Pretendieron dejar a Armenia sin armenios, poblarla con turcos y exhibir esas tierras como propias. Su política de exterminio estuvo dirigida contra el derecho de un pueblo a existir como tal.

Esta operación, previamente planificada y llevada adelante metódicamente y sin la más mínima piedad, buscaba la aniquilación total de un pueblo y su identidad, sin distinción de edad, sexo, clase social, e incluso orientación religiosa entre sus víctimas. Es decir, no se los perseguía por no ser musulmanes, sino exclusivamente por ser armenios.

Por muchos años, estos horrores se mantuvieron silenciados, casi invisibles a los ojos del mundo, creando una especie de “agujero negro” en la memoria colectiva, a tal punto que el mismísimo Hitler expresó: ¿”quién se acuerda ahora del genocidio armenio”? cuando comenzó a idear la matanza sistemática de judíos y con ello su “solución final”.

Hoy, cien años después, el pueblo armenio aún reclama justicia. El negacionismo por parte del gobierno de Turquía y su empecinamiento en desconocer hechos concretos que configuran un genocidio, significan un escollo importante a la hora de avanzar en la lucha por la memoria y contra el olvido. A pesar del lobby internacional, Turquía, heredera del Imperio Otomano,  no pudo evitar que numerosos Estados reconozcan el holocausto armenio, entre ellos, 43 de los 50 estados de EEUU.

Fue la matanza de un pueblo, orquestada y perpetrada desde un gobierno, con el propósito expreso de poner fin a su existencia colectiva. Y todavía hoy, el Estado turco quiere sentarse a discutir si fue o no fue un genocidio y habla de “controversias históricas que deben ser evaluadas por los historiadores”. Dicen que una justicia lenta no es justicia, pero peor es aceptar una injusticia, porque le abre la puerta a todas las que siguen. Y negar lo que ocurrió es una injusticia.

Hoy, cien años después, en Armenia y en el mundo, la lucha continúa. Los armenios de la diáspora,   desparramados por los 5 continentes donde encontraron refugio huyendo del horror, representados por los pétalos de la flor “no me olvides” que se eligió como símbolo para conmemorar el centenario, dirán “presente” una vez más, como cada 24 de abril. Demostrarán que a pesar del tiempo, de las luchas, de la muerte, del silencio, no se ha podido apagar la llama de la memoria. Demostrarán que fue imposible para el Imperio turco borrar todo “vestigio de armenidad”, porque en cada templo, en cada escuela, en cada familia, en cada rincón de la tierra donde todavía haya un descendiente, cada vez que eleven una plegaria, que unan sus manos para interpretar su danza,  que unan sus voces para cantar su himno, estarán gritándole al mundo que ahí está Armenia, que ellos son Armenia. Y que están más vivos que nunca.


 Autora: por Ana Giustra

Abogada. Asesora legal en la Administración Pública Nacional.
Mail: angi2178@gmail.com

 


 

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4 comentarios en “NO ME OLVIDES

  1. No soy descendiente de armenios pero siempre me ha llegado muy en profundidad la armenidad.será que nací un 24 de abril!!!! soy maestra y trabajo con mis alumnos el tema con especial interés.

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