La larga marcha del pato rengo

 

por Lic. María Victoria Nuñez

 

100 participantes. Una competencia donde vence quien queda con vida tras caminar un largo trayecto sin detenerse. Dejando de lado las similitudes con algunos elementos de la famosísima saga “Los Juegos del Hambre”, “La Larga Marcha”, la novela de 1979 del escritor estadounidense Stephen King, plantea un escenario en el cual Ray Garraty, de 16 años, es un participante que va sorteando obstáculos y haciendo amigos y enemigos, al tiempo que se enfrenta a su propio sentido de mortalidad.

El hollywoodense misterio en torno a la muerte del fiscal federal Eduardo Nisman el mismo día en que iba a presentarse ante el Congreso, no hizo más que dar el silbatazo de largada a un año político que se devela como una larga marcha. Una carrera que, insólitamente, no se jugará necesariamente en las urnas, sino en las disputas diarias en los planos legal, político y mediático.

Una de las principales y más evidentes variables con las que contamos para caracterizar a esta marcha es la inexorable realidad acerca del “pato rengo”. Este síndrome describe la imposibilidad de renovar el mandato de gobierno, y hoy tiene en el caso Nisman, a un absoluto eje acelerador de síntomas.

En el transcurso de esta marcha, incluso los esfuerzos por lograr que, al menos, algunos “caminantes” del oficialismo salgan medianamente indemnes y tengan chances electorales claras son endebles. Ni al más claro presidenciable se lo está apuntalando con determinación. Al mismo tiempo, como ya se ha observado en el discurso de apertura de sesiones ordinarias del Poder Legislativo, Cristina Fernández despliega una férrea defensa de los logros de la gestión, pero poco más. El gobierno parece desentenderse no sólo de su sucesión, sino del camino (breve aunque intenso) que le queda por delante.

Desde la oposición, los caminantes están inmersos en su propio laberinto, el del rompecabezas de acuerdos que tradicionalmente nuestro federalismo requiere para lograr un verdadero impacto electoral.  De alguna manera, en el escenario de potencial hiperfragmentación que se estaba dando a principios de este año, la pseudo-martirización de Nisman ha servido de consigna de unión relativa, aunque esto reditúe en inciertos resultados en la carrera.

Por otra parte, los medios más influyentes de Estados Unidos, Europa, e incluso de la región no dejan de publicar notas resaltando las particularidades de la muerte de Nisman y el procaz tratamiento que se le ha dado al caso, y subrayando la necesidad de un procedimiento judicial transparente e independiente. Al mismo tiempo, los referentes del gobierno no se privan de regalarles metros y metros de tela para cortar gracias a los estragos comunicacionales en redes sociales y exposiciones públicas.

La ciudadanía, mientras tanto, se reparte entre manifestaciones épicas bajo la lluvia y el fogoneo histérico de las especulaciones mediáticas “estilo CSI” sobre la causa Nisman. El tácito pacto de confianza democrático se va diluyendo cada vez más con la errática retórica cotidiana del discurso público oficial.

En “La Larga Marcha”, el protagonista Ray explora la complicidad, la competencia, y la administración de las energías, todo para obtener “el premio” que es, ni más ni menos, cualquier cosa que desee. Sin embargo, resulta bastante lógico anticipar que, a medida que atraviesa la carrera, el joven va perdiendo noción acerca de si aquello que deseaba en la largada es lo que verdaderamente sigue deseando al tiempo que se enfrenta a su propia mortalidad.

El gobierno de Cristina Fernández se asimila a Ray en su marcha: con actitudes marcadamente adolescentes, por momentos sobredimensiona su capacidad, defiende a sus aliados en base a fundamentaciones  románticas, y alucina sobre improbables conspiraciones. Pero, a diferencia de Ray, el gobierno nunca llega a la conclusión acerca de que consensuar algunas pautas con los demás caminantes puede no ser mala idea, y que no siempre insistir en construirse “por oposición” es la única alternativa posible. El replanteo acerca de si todas las viejas estrategias siguen funcionando a esta altura del camino nunca llega.

A sabiendas de que la mística y las cruzadas kirchneristas hoy ya no tienen el impacto que tuvieran en el pasado, el silencio sobreactuado sobre determinados temas, la queja como elemento estructural, o la invención de enemigos ya no sirven para “ganar tiempo” como antes, puesto que lo que menos hay hoy es tiempo.

La altamente descriptiva imagen del ave discapacitado proviene de la náutica, e ilustra como “patos rengos” a aquellos barcos que no pueden llegar a la costa si no son socorridos. El gobierno tampoco cuenta con mucho tiempo, y el desafío ineludible es llegar a puerto. Pero la negación sobre el fin de la marcha le impide aplicar un uso inteligente de la propia energía asumiendo nuevas estrategias relacionadas a construir una opción de sucesión y generar mecanismos de gobernabilidad, sin empecinarse en irritar infantilmente a propios y ajenos.

Esta actitud puede ser “carne de diván”: se intuye algo de pulsión de muerte. Pero no parece haber más que obstinación en el horizonte: día a día recibimos el característico cambio espasmódico de la agenda mediática con proyectos de dudoso diseño como la creación del nuevo servicio de inteligencia, la estatización ferroviaria y hasta el coqueteo con una “intervención de emergencia” del Poder Judicial.

Confrontar sigue siendo el recurso predilecto aun cuando no se cuenta con un rumbo estratégico. Pero, a esta altura de la larga marcha, tal como el protagonista de la obra de King pudo experimentar, la confrontación puede resultar en una creciente e inmanejable desesperación.


Autora: Lic.M.Victoria Nuñez

Estudió la Licenciatura en Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires.

@MVictoriaNunez

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