El caso de Valentina Maureira y el debate sobre la eutanasia

 

por Lic. María Victoria Nuñez

 

 

Fueron casi 40 segundos de un mensaje claro y preciso que contenía un desgarrador pedido: “Señora Presidente: quiero dormirme para siempre”. Como buena “millennial”, si hay algo que Valentina Maureira sabe muy bien es que, hoy en día, pocas cosas alcanzan la contundencia masiva de un video con la capacidad de viralizarse. Y así fue: el breve testimonio de Valentina en la plataforma YouTube sirvió para que, no solo las autoridades chilenas, sino los medios del mundo entero, se hagan eco del caso de esta niña de 14 años, víctima de fibrosis quística, que pide públicamente una audiencia con la presidente de modo de requerirle el permiso para recibir una inyección letal que la libre del profundo dolor causado  por esta rara enfermedad que ya le ha costado la vida a su hermano.

Una vez que el mensaje ganó prensa, Michelle Bachelet, con un gran tino político, se presentó en el hospital público donde Valentina está siendo tratada para mantener unos minutos de conversación intimista con la pequeña.

Que la mandataria sea médica pediatra es un aliciente para esta actitud que, en otros contextos, tal vez hubiera sido reemplazada por el envío de una mera carta, o algún gesto coyuntural tal como una asistencia económica.

La presidente recogió un guante especialmente incómodo: la eutanasia es ilegal en Chile y, como dejó bien claro el vocero presidencial, el deseo de Valentina no puede concederse.

La eutanasia y la “dignidad”

Si tuviéramos que pensar en un ranking de los conceptos que se enlazan intrínsecamente con el valor de la “dignidad”, sin lugar a dudas el trabajo y la muerte lo encabezarían.

Y tal vez porque nuestros oídos se acostumbran fácilmente a las fórmulas semánticas, ya nos resulta casi obvio emparentar la legislación sobre eutanasia con la llamada “muerte digna”.

Sin embargo, plantear el debate sobre la eutanasia en base a una fórmula como ésta habilita el empleo de lemas argumentativos que echan muy poca claridad sobre un tema por demás complejo, que contiene aristas no sólo éticas, sino también filosóficas, religiosas, culturales, científicas y hasta psicológicas.

Esta alusión a la dignidad, a pesar de su corrección política, termina rozando lo extorsivo: ¿quién puede estar en desacuerdo con un valor universal como la dignidad? Y más aún: ¿qué hay de digno en determinadas formas de morir? (y la otra cara de la moneda: ¿qué puede haber de indigno en la agonía?).

Los Estados y la muerte

La muerte suele verse como una palabra “indeseable”, sin embargo, nada como ella da una pista tan clara sobre la identidad y el sistema de valores de un contexto determinado. Particularmente, la forma en que un Estado permite que sus ciudadanos mueran revela bastante sobre cómo se vive en esa sociedad. Por ejemplo, en América Latina, suele observarse un doble estándar: mientras que la hipocresía y la demagogia ocupan más espacio del que debieran, los ricos suelen tener más opciones que los pobres (opciones para vivir, ciertamente, pero también, opciones para morir).

Tal vez como una forma de intentar “exorcizar” la inexorable finitud de nuestra existencia, los ciudadanos solemos dejar en mano de los funcionarios (y, frecuentemente, también de los actores con intereses relacionados a la medicalización de los procesos) las decisiones relacionadas a la más angustiosa de las cuestiones humanas.

Pero, en este sentido, la abstracción que representa que una muerte sea “digna” poco se ajusta a lo esencial y específico de una política pública. El tipo de específica sanción legislativa que promueve la eutanasia requiere, más que una contemplación axiológica, la consideración de una gran variedad de elementos entre los que se cuentan el derecho de familia, la herencia, el patrimonio, etc.

Adicionalmente, plantear el problema de la eutanasia como una consigna sobre la que uno puede estar de acuerdo o no es injusto o, por lo menos, insuficiente. El error siempre reside en querer ponerse de un lado o del otro en un debate que, dada su inherente complejidad, no admite darse de ese modo.

El debate y los límites de la ideología

Algo que suele ser parte de la praxis política latinoamericana es hacer uso del issue en cuestión como uno de esos temas controvertidos que forman parte de la agenda pública sólo cuando se quiere mover el avispero mediático y correr el foco de atención de una crisis política o económica (o bien cuando, trilladamente, se pretende irritar a actores que respaldan determinados preceptos contrarios a la idea).

Discutir el tema de la eutanasia no puede desplegarse en un terreno divisor dialéctico entre compartimentos estancos. Ciertamente no hay verdades absolutas, y los argumentos pueden plagarse fácilmente de frivolidad cuando el debate se plantea en el terreno de la transversalidad. La remanida “vía ideológica” nunca es una panacea que resuelve por sí sola los problemas: ni la Iglesia, ni los portavoces del populismo ni nadie nos puede dar una clave unívoca para tomar una decisión “acertada”. La polarización frivoliza todos los argumentos por igual, con un costo demasiado alto para un debate tan sensible.

Pensar la muerte

La eutanasia como política pública revela la actitud oficial frente a la muerte. Pocas cosas son un signo de salud institucional como el permiso que se da un sistema político para debatir a partir de los consensos (sobre la protección de los derechos humanos, el combate a todo lo que represente la conculcación por terceros, etc.) aunque sin desestimar las lógicas dudas e inseguridades.

Ojalá que el caso de Valentina haya representado un tipping point en este sentido: que el debate sobre la eutanasia en Chile y en toda América Latina empiece a ser algo más que una excusa para correr el eje de atención sobre alguna coyuntura, gane el terreno legal que merece y se discuta sin polarizar, sino mirando a las personas a los ojos, formulándose múltiples preguntas y aceptando la verdadera complejidad del tema, asumiendo que cualquier decisión que se tome tendrá costos y consecuencias, pero que también significará un compromiso con la madurez democrática.


Autora: Lic.M.Victoria Nuñez

Estudió la Licenciatura en Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires.

 


 

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