El nacionalismo de Putin: una mirada al político más sobresaliente.

 

 

por Ricardo Nicolás Dold

 

 

 

 

 

Con admiradores, con detractores, con acusaciones, elogios y críticas, Vladimir Putin se ha vuelto el político más comentado alrededor del globo en este año. Los conflictos en Siria, el drama en Ucrania, la lucha contra el ébola, ISIS, las estrategias políticas-económicas en el ajedrez mundial  y el conflicto Israel-Palestina han sido algunas de las cuestiones que han marcado la agenda política internacional y la Rusia de Vladimir Putin no ha sido ajena a estos tópicos. Sin lugar a dudas, es posible incluso afirmar que los últimos años han significado para Rusia un resurgimiento como actor relevante en la toma de decisiones respecto de las problemáticas que acontecen en el anárquico sistema internacional y Vladimir Putin no es un personaje secundario en este fenómeno.

Asumió su mandato como Presidente de la Federación Rusa elegido democráticamente el 7 de mayo del año 2000 impulsado por el partido Rusia Unida, luego de un año de mandato interino tras la renuncia prematura de su antecesor Boris Yeltsin (primer Presidente de Rusia tras la debacle de la Unión Soviética). Desde entonces ha sido el principal líder de la Rusia post-soviética gozando de tres mandatos efectivos (2000-2004, 2004-2008, 2012-actualidad) y un mandato tácito como Primer Ministro de quien fuera su delfín Dmitri Medvédev (2008-2012).

Nacido en Leningrado a comienzos de los ‘50s, el actual Presidente de la Federación Rusa no es lo que se interpretaría en Occidente como un político estereotipado. Lejos de acordar con los ítems característicos del político occidental no goza de un carisma atrayente y se ha autodefinido públicamente como un católico ortodoxo. Sujeto de mirada fría y pocas palabras, muy poco activo en redes sociales y un expreso nacionalista. ¿Qué ha hecho, entonces, que un personaje tan antagónico a las prácticas modernas del marketing político haya pegado tanto en Occidente, al punto tal de superar en imagen al Presidente de los Estados Unidos? ¿Por qué este mandatario de la Federación Rusa (histórica enemiga de los Estados Unidos) ha logrado penetrar en la opinión pública al punto de ser admirado por el electorado norteamericano? Las respuestas a estas preguntas no pueden producirse en base a estilos de liderazgo, ya que la práctica autoritaria del mandatario ruso sería fuertemente (y con fundamentos válidos) detestada en Occidente. La respuesta, más bien, yace en el contexto y la evidencia de los hechos.

Rusia post-soviética.

Tras la caída de la Unión Soviética y la desestructuración de la Guerra Fría, la zona conocida por Eurasia (Rusia y sus “satélites”) se transformó en una de las zonas de conflicto más importantes e inestables de espectro internacional. Países en proceso de definición territorial y nacional, surgimientos de nuevos Estados-Nación, conflictos religiosos, corrupción, países sumidos en el retraso tecnológico y económico, y como si fuera poco el gran Oso eurasiático se veía sumido en una crisis de gran profundidad.

Una vez consumado el final del régimen soviético, la naciente Federación Rusa se encontraba acorralada en una situación compleja. La pérdida del poder político, la pérdida de territorio y la crisis económica la llevaron a perder su status de potencia de primer orden mundial, rebajándola a ser una suerte de Estado fallido, con altas tasas de alcoholismo, miseria y pobreza, y con un desarrollo fuertemente dependiente de la solidaridad y empatía de los grupos de poder enriquecidos por la URSS y tendientes a la satisfacción del interés particular económico.

El proceso de modernización post-soviético en épocas de Boris Yeltsin tuvo dos piedras angulares: en el plano interno, los bloques de oligarcas multimillonarios aliados al Gobierno, reconocidos como “la familia Yeltsin”. Esta gran familia económica se encontraba compuesta por empresarios multimillonarios herederos de la errática política comunista y de las nuevas políticas de mercado implantadas por Yeltsin, entre los que se destacan Roman Abramovich (actual dueño de Chelsea FC), Mijail Kodorkovsky y Boris Berezovsky. En el plano externo, la naciente Federación Rusa se apoyaría fuertemente en la injerencia de la administración Clinton y su apoyo para el veloz acceso a préstamos internacionales bajo la condición de la radical e inmediata actualización del sistema político-económico ruso.

Este proceso, está claro, resultó ser altamente defectuoso para Rusia. Por un lado, las inyecciones monetarias del exterior no llegaron en el caudal prometido y por otro los encargados de llevar a cabo la inversión en el sector doméstico parecían más interesados en sacar el caudal de dinero del país que en reinvertirlo. Tras medio milenio en continuado jugando un papel de verdadera potencia mundial, Rusia se encontraba en la peor de las miserias: un PBI desplomado, un Estado altamente dependiente de la inexistente intervención del extranjero y una clase dirigente política-económica sin interés nacional en absoluto.

Putin asciende.

“Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de otro enigma”, solía decir Winston Churchill al referirse a la entonces Unión Soviética. Vladimir Putin no es la excepción. Es imposible caracterizar a Putin, un ex KGB, como un mandatario comunista, aunque tampoco precisamente como un personaje liberal. Presenta fuertes tintes autoritarios, aunque siempre se ha mostrado bastante elogioso del sistema de mercado abierto (aunque con contrapesos). Un reconocido nacionalista, pero no niega la globalización y sus mieles. En la praxis, un reivindicador de la geopolítica. En definitiva, podría uno suponer que Putin es un dirigente de otro tiempo. “Anticuado”, quizás, pero evidentemente especial.

Tras la anticipada renuncia de Yeltsin por conflictos políticos y la mencionada falta de recuperación tras debacle económica, asume como Presidente interino el entonces vicepresidente federal ruso. Un personaje altamente misterioso, desconocido para la gran mayoría del espacio político. Putin había llegado a ser nombrado segundo de Yeltsin tras una silenciosa pero efectiva carrera dentro del Consejo de Seguridad y tras fuerte crisis política que llevó a la deposición de su predecesor. Electo luego por voto democrático, comenzaba entonces la era Putin.

En sus comienzos, Putin era fuertemente respaldado por las altas esferas militares rusas dado su rendimiento en los servicios de seguridad ruso, y rápidamente fue consolidando su poder en la esfera política. Se apoyó en los capitales extranjeros para la inversión en un país que desde su extensión y sus recursos naturales es presentado como una verdadera mina de oro para los capitales mundiales, pero a su vez fomentó el trabajo en conjunto de capitales extranjeros con domésticos (algo que se evidencia en la empresa del petróleo, donde las petrolíferas extranjeras unen fuerzas con las petrolíferas nacionales para la exploración y explotación energética de Rusia). Además, Vladimir Putin se apoyó fuertemente en los oligarcas dispuestos a reinvertir dentro del país y combatió a quienes no lo hacían (como Berezovsky o Abramovich).

La visión de la nueva gestión respecto al ideario de Rusia cambiaría profundamente. Alejado de los principios prácticos de la anterior administración, que pretendía una “civilización” de Rusia incorporándola velozmente a los presupuestos de los expertos de Harvard, Putin supondría que la modernización es una necesidad de gran urgencia, pero que no se podría lograr bajo ningún concepto de modo radical. El mercado ruso es un mercado abierto, pero no librado a su suerte. No hay tal cosa como la “mano invisible” expuesta por el célebre Adam Smith, sino más bien existe un mercado libre, con fronteras relativamente abiertas, pero tutelado por un Estado dedicado a orientarlo.

El éxito, al menos momentáneo, de este sistema (en algún punto similar al chino) se explica a priori por dos cuestiones contextuales de gran importancia:

Por un lado, la posesión de reservas energéticas en grandes cantidades. Rusia actualmente es el mayor extractor de petróleo del mundo, conteniendo en su geografía más del 13% del petróleo explorado mundial y extrayendo entre 500 y 600 millones de toneladas por año.

Por otra parte, otro factor que influye en el momentáneo éxito del approach del Gobierno radica en la cuestión socio-política. Esto es, Rusia jamás ha sido un país democrático y menos aún libremercadista. Tras unos aproximados 400 años de dominio del sistema zarista y unos 70 de régimen comunista, es ciertamente sensato suponer que la liberalización del país no puede hacerse de otro modo que gradualmente y tutelada. Casi como si coincidiera con la teoría económica de Friedrich List, “llegó a ser evidente para mí que, entre dos países muy adelantados, la libre competencia no puede sino reportar ventajas a uno y otro si ambos se encuentran en el mismo grado de educación industrial. (…) La misión de la economía política es llevar a cabo la educación económica de la nación y prepararla para entrar en la sociedad universal del porvenir”.

La geopolítica al servicio de Rusia.

La administración de Putin adopta desde el comienzo un curso de cierto pragmatismo y un alto grado de nacionalismo. Dosis de racionalismo orientado al reposicionamiento de Rusia y la defensa de sus intereses nacionales. Así, podemos ver como la relación entre Estados Unidos y Rusia en la era Putin jamás ha sido fácilmente predecible. Cuando los intereses mutuos coincidieron, la alianza fue explícita y reforzada por elogios hasta un tanto exagerados por parte de unos y otros. Cuando los intereses de ambos actores se mostraron contrarios, el mote de adversarios políticos o conceptos como la “Guerra Fría” resurgieron. Grandes ejemplos de esto son la alianza Putin-Bush respecto a la guerra anti-terrorista y el actual conflicto entorno a la OTAN y Ucrania.

Hace no mucho Rusia fue un aliado de gran valía para George Bush y un gran cooperador de Alemania en términos de política energética, pero la actualidad nos presenta a Occidente (en mayor medida la OTAN por el conflicto en Ucrania y en menor medida los Estados Unidos) en un enfrentamiento encarnizado con Rusia. Lo cierto es que ninguna de las situaciones anteriores es del todo definitiva. O quizás las dos los son. Esto es, Rusia no es ni amigo ni enemigo de los Estados Unidos. Ni de la OTAN, incluso. Más bien adopta una estrategia ya no centralizada en cuestiones ideológicas sino de pragmatismo político: define un interés nacional y a él responde.

En este sentido, la administración Putin ha sabido leer de manera bastante acertada la reconfiguración del mapamundi. La creciente interdependencia económica propiciada por un mundo cada vez más globalizado, sumado a la caída de la hegemonía norteamericana y europea producto de la crisis económica, ha preparado el escenario para que aquellos países con cierto peso específico pudieran gozar de nuevas libertades al momento de establecer alianzas. Es así como, una vez que los intereses occidentales y rusos colisionaron, países anteriormente enemistados de modo acérrimo como China y Rusia estrecharon lazos.

El viraje de Rusia hacia China y los demás BRICS, no responde entonces a una intención específica de modificar el Nuevo Orden Mundial. No se intenta aquí atacar los intereses occidentales o destruir la libertad, el mercado y al capitalismo, sino más bien responde a una simple movida estratégica motivada por la necesidad. Esto es, motivada por la conclusión de los intereses nacionales rusos que se ven contradichos por los intereses de Occidente. Ucrania, por ejemplo, es el resultado de lo expuesto. El resultado del choque entre una fuerza imparable y un objeto inamovible. El avance de la OTAN en las inmediaciones de Rusia, y el peligro latente para Rusia de tener a la OTAN (conformada específicamente para defenderse del Oso euroasiático) en sus fronteras. También, juega en este conflicto paradigmático el interés ruso de mantener el control de sus “esferas de poder”. Es, entonces geopolítica en su máxima expresión, pero bajo ningún aspecto es un intento revolucionario de reinstaurar la URSS o de destruir a los Estados Unidos de América y lo que su bandera representa.

Como hemos dicho, al comenzar la nota, Putin es autoritario. Es poco carismático, frío y anticuado. Antiabortista, católico ortodoxo e incluso un expreso disidente de la cultura homosexual. ¿Qué lo hace el político más interesante y alabado del 2014? En muchos casos, la ignorancia tal vez. Pero muchos otros, la interpretación de que Putin es un líder como pocos ha habido en último tiempo. Capaz de recuperar de las cenizas a una Rusia hundida, y capaz de perseguir los intereses nacionales que la cultura rusa exige. Así es como respuestas tales como la creación de la Unión Euroasiática, los tratados comerciales con China, el BRICS, las relaciones con América Latina, cobran un sentido más estratégico que revolucionario. Hoy como nunca el plano internacional es un tablero de ajedrez entre varios jugadores, sin motivaciones ideológicas, sino pragmáticas. Putin lo sabe, Putin lo explota y el mundo se lo reconoce.

 

 


 

 

Autor: Ricardo Nicolás Dold

Estudio Instituto de Ciencias Sociales Universidad Nacional de Villa María, Licenciatura en Ciencia Política año 2010-2015. Tesista. Columnista revista política Zoon Politikon desde marzo 2015. Redacción de columnas de opinión sobre actualidad política nacional. Consejo Argentino de Relaciones Internacionales (CARI) desde marzo 2015 en calidad de pasante. Organización de sesiones académicas, manejo de bases de datos, investigación. Columnista portal El Expositor en 2014. Redacción de columnas de opinión sobre actualidad política nacional e internacional. Investigación Instituto Jacques Maritain Argentina a cargo del Dr. Carlos Daniel Lasa (2013-2014). Investigación obras de filosofía y política. Escuela de Liderazgo para el Cambio en Latinoamérica (ELCAL) Fundación Celafor año 2014 en calidad de ayudante. Coordinador agrupación apartidaria Proyecto Nueva Generación, 2012 hasta 2013. Pasantía en El Diario del Centro del País, año 2009.

mrdoldsierra@gmail.com

 

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