El humor político como herramienta.

 

por Lic. María Victoria Nuñez

 

“El sentido del humor es parte del arte del liderazgo, de llevarse bien con la gente, de lograr que las cosas se hagan”

 

Dwight D. Eisenhower

 

 

Hace algunos días, uno de los precandidatos a la presidencia en Argentina expresó que “el proyecto se quedaba manco” dedicando chabacanamente esta referencia a uno de sus competidores, quien tiene la característica de haber perdido un brazo años atrás en un accidente motonáutico. Aun cuando algunos vagos intentos de justificación prosiguieron al exabrupto, lo que había ocurrido era claro: un funcionario público había incurrido en una humorada de muy dudoso gusto.

Pero más allá de discutir la idiosincrasia del humor porteño o de debatir la supuesta astucia que quiere proyectar un candidato al referirse a la discapacidad de otro, este exabrupto de alguna manera nos invita a pensar la relación entre humor y política. Por un lado, podemos pensar el humor acerca de la política, y por el otro, el humor de los políticos.

El humor acerca de la política

Inicialmente nos preguntamos: ¿Qué es lo que nos conduce al humor? Algunos dicen que el hecho de que los humanos seamos la única especie consciente de nuestra propia muerte es precisamente lo que nos lleva a buscar la risa, casi como una caja de resonancia ante la frustración que nos genera la idea del ineludible fin de la existencia.

Pero no sólo ante esta frustración intrínsecamente humana es que trabaja el humor. También puede servir para aliviar y estabilizar tensiones. Más freudianamente, podemos explicar el humor como aquel mecanismo al que acudimos como una forma de agresión sin culpa. De la misma forma, Platón decía que la risa era el resultado de la mezcla del placer con cierta ansiedad.

En este sentido, frente a las injusticias y los resentimientos que un político puede generarle a un ciudadano con su discurso, sus decisiones o sus extravagancias, el recurso de un comentario irónico, un chiste, una imitación o una sátira gráfica pareciera asumir el poder de crear la ilusión de una efímera revancha.

Si de revanchas hablamos, Internet ha revolucionado la manera en que vivenciamos el humor político: las redes sociales sirven para crear y viralizar “memes” y breves consignas de altísimo impacto. Adicionalmente, ya no son solo los profesionales del humor quienes “entretienen” por este medio, sino que todos los usuarios, de alguna u otra forma, tienen acceso a hacerlo y, de este modo, poder “tomarse revancha” frente al poder, desde el anonimato.

Sin embargo, sería necio desentenderse de una perspectiva adicional: el humor político siempre ha sido una parte sumamente importante del proceso democrático y no solo en el rol balsámico al que nos vinimos refiriendo. Es considerable el papel que puede jugar el humor en la movilización social. En regímenes autoritarios, convertir a los sujetos del poder en objetos de burla puede servir de medio de resistencia, uniendo bajo un mismo sentido de identidad a quienes se oponen a una determinada estructura de poder coercitivo.

La risa es, entonces, esencial en el proceso político, aunque no sólo en pos de la rebelión, como mencionábamos, sino también en vistas a reforzar una visión sobre el status quo, o bien sobre la política en un aspecto integral. E incluso en el sentido contrario, una estructura de poder gobernante puede acudir a la estrategia de ridiculización de un “otro” como una forma chauvinista de manipulación que sirva para obtener cierto consenso popular en torno a un tema. Siguiendo a Hobbes, esta clase de humor se basaría en la idea de superioridad y en la búsqueda de esa “gloria repentina” que permite triunfar sobre un otro (o sobre un pasado al que se pretende dejar atrás).

En definitiva, el humor puede funcionar como una narrativa para comprender la política. Pero, a su vez, es variable el grado en que las ideas dominantes configuran nuestro sentido del humor en cada contexto político: lo que causa gracia a algunos no causa gracia a otros, y esto tiene que ver con dimensiones cuantitativas y cualitativas como el tiempo, la sensibilidad ante ciertos temas, el contexto social, los tabúes culturales, etc.

El humor de los políticos

Las barreras entre humor y política pueden ser algo borrosas: no alcanza con pensar en la política como algo serio y marginar al humor a algo accesorio. Las personas disfrutan reírse de la política y de los políticos. Y los políticos también necesitan hacerlo. Aristóteles era quien decía que más allá de la función relajante y atenuadora de tensiones que había subrayado Platón, el humor también podía servir para confundir a los oponentes.

Los políticos toman herramientas humorísticas no sólo para atacar adversarios, también lo hacen como un medio de posicionarse y justificarse en el debate público. Sobre todo en tiempos electorales, necesitan imperiosamente de golpes de efecto y consignas contagiosas.

De un modo general, podemos decir que el humor es el que nos permite “humanizar” a las instituciones y a las figuras políticas, acercarlas y familiarizarlas para juzgarlas de un modo más realista y menos espectacular. La comicidad siempre conlleva proximidad. Sin embargo, esta “terrenalidad” funciona en dos direcciones: puede ayudar a que un candidato gane caudal electoral gracias al atractivo humorístico “que lo acerca a la gente”, o bien puede alterar los ánimos de figuras autoritarias ante aquellos que, al sentirlos más próximos, se atreven a reírse de ellos. Es precisamente la risa la que destruye las pretensiones épicas y jerárquicas.

El factor de la “humanización” es extremadamente importante a la hora de captar votos, y esto es algo que los candidatos y sus asesores empezaron a comprender hace ya varias décadas. El humor es ampliamente reconocido como un importante atributo del liderazgo. Para ser exitoso no hay que ser serio, y la comicidad aumenta la creatividad, la capacidad de resolver problemas, la comunicación y la cooperación. Pero hacerse el gracioso puede aparejar problemas cuando se carece de “timing”, o cuando no se percibe acabadamente que puedan existir grupos de interés que se sientan agraviados o confundidos.

Comenzando este artículo comentábamos una torpeza de un precandidato presidencial. Si bien el estilo discursivo eminentemente oral del gobierno argentino puede haber animado al funcionario a cometer el exabrupto, ante el repudio de la mayor parte de la opinión pública, la lección fue clara: hacer humor no es cosa sencilla y la supuesta “espontaneidad incorrecta” no es para todos.

El lenguaje del humor

El lenguaje del humor carga sus tintas sobre los políticos con animaciones, imitaciones, películas, libros, obras, historietas. Hoy en día, la sátira basada en Internet viene acompañada de los medios tradicionales que buscan producir contenidos que entren en esa lógica “collage” de la web. Sin embargo, la sátira no es nueva. Desde que Aristófanes ridiculizaba a las elites en sus comedias, reírse del poder es moneda corriente. En Inglaterra, hace varios siglos domina la sátira gráfica ante cada evento cotidiano que amerite cierto grado de ridiculización como, por ejemplo, el absurdo que suele apoderarse de algunas discusiones en sesiones parlamentarias.

No es ingenuo pensar que existen intereses detrás de construir humor a partir de determinadas cuestiones. El humor que alega estupidez o torpeza física o mental de un líder político, por ejemplo, puede afectar muy negativamente la imagen de un gobierno y alterar algunos factores relacionados a la gobernabilidad de un sistema.

Pero no nos referimos a estos argumentos pseudo-conspirativos en este artículo. No siempre las piezas satíricas se fabrican estratégicamente para perjudicar la carrera de ciertos funcionarios. O, al menos, ese no es el objetivo único y unívoco. Muchos estudios confirman que los contenidos de índole humorística ayudan a mejorar el compromiso e interés de la audiencia en relación a “lo político”. Si bien la sátira puede referirse a temas incómodos y sacudir tabúes y rigideces varias, también contribuye a volver más receptivas a las personas ante diferentes alternativas. El humor que se expresa en el sistema de valores o actitudes no hace más que validar nuestro sistema de creencias y, potencialmente, transformar nuestra visión de las cosas.


 

 

Autora: Lic.M.Victoria Nuñez

Estudió la Licenciatura en Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires.

 

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